Si había en la ciudad de Valencia un punto de encuentro para los serranos, especialmente los tuejanicos, eran “Los Cafetines”.
En realidad se llamaba (porque ya no existe el local) Bar Valls, pero creo que ninguno de los que allí acudían se había fijado en el cartelón grande pero casi ilegible por lo borroso y desgastado de las letras que ostentaba sobre la puerta y media del antro que daba a la Plaza del Mercado. Lo de “media” lo digo porque esa teórica puerta estaba obstruida en parte por la barra, una barra de aquellos tiempos, altísima, y más para un chiquillo de cuatro o cinco años que tendría yo cuando acompañaba a mi padre los domingos por la tarde mientras se tomaba un cafetico y “echaba la partida” con otros emigrantes como nosotros, o con paisanos que habían bajado a la capital por diversos asuntos.
Tendría unos 5 o 6 metros de ancho, iba estrechándose hacia el fondo, donde subiendo un par de peldaños tenía a la izquierda unos servicios a los que nunca accedí, así como una escueta puerta trasera que daba al callejón que desde la calle de la Carda terminaba en la iglesia de los Santos Juanes, todavía presentando las heridas que las bombas le habían causado durante la guerra …

El penetrante olor de los carajillos y del humo de los cigarrillos sin filtro, picadura liada a mano, todavía permanece en mi memoria. Recuerdo perfectamente sus mesas con patas de forja estilo art-decó pobre, con la tapa de mármol blanco veteado de gris y su suelo de teselas blancas de 5×5 cm. orlado con un festón de piezas negras que yo, en mis juegos solitarios mientras mi padre comentaba las jugadas con los compañeros de partida, veía como una carretera por la que hacía correr chapas de botellas de las primeras coca colas como veloces coches a base de papirotazos con el dedo. Eso hasta que un día apareció en el bar una tele que por supuesto me hipnotizó inmediatamente con sus irresistibles anuncios donde aparecía una Carmen Sevilla guapísima que yo veía como un hada, una cosa que se llamaba Mirinda, y otros productos todavía desconocidos para mí.
Curiosamente, mi padre y los demás no se preocupaban demasiado de lo que mostraba aquella caja con figuras en movimiento. Yo sin embargo perdí de repente todo interés por la cafetera manual con varios brazos de los que se colgaban Miguel, el amo del bar, y su hijo mayor, así como por la máquina de hacer presión que, ya sin uso, se mostraba con sus tonos cobrizos sobre una repisa alta en una de las paredes y todavía era motivo de cábalas sobre su utilidad y funcionamiento para mi mente infantil.
Pues en este lugar entre maravilloso y cutre, aunque estratégicamente situado, se reunían los varones serranos, y nunca vi dentro una mujer. Si alguna tenía que buscar a su marido o preguntar cualquier cosa, siempre se quedaba en la puerta y si veía algún conocido o familiar dentro, lo llamaba para que saliera. Allí los que iban a comprar al Mercado Central, como por ejemplo el tío Baoro, que hacía las mejores clóchinas y sepia a la plancha del universo en su bar ahora cerrado, en la calle Larga, junto al “esto”, o el Marcelino, que ejercía de taxista y además aprovechaba el viaje para abastecerse de cosas necesarias para su tienda. También el tío Domingo, en su época de alcalde, cuando bajaba a hacer las gestiones propias de su cargo, y así sucesivamente un sin fin de tuejanos que intercambiaban noticias con los establecidos en Valencia.
Cuentan los viejos de Tuéjar una anécdota que le sucedió a un chelvano (¡cómo no!) que vino a comprar esparto en las cordelerías que habían justo enfrente de “Los Cafetines”. Tras mucho mirar y regatear compró una garba que según le dijo el de la tienda pesaba una arroba. Con el haz a cuestas emprendió camino al pueblo, andando, por supuesto, y cuando pasaba por las Torres de Quart, recién salido del establecimiento, iba pensando que le habían engañado.
Aquí no hay una arroba de esparto –decía para sí el chelvano.
Continuando su camino, atravesaba Burjassot, ya sabéis que antes de construirse la Pista de Ademuz se salía por allí, y como el sol ya estaba un poco alto y comenzaba a calentar, el chelvano modificó ligeramente su apreciación:
Pué que sí esté la arroba –pensaba.
Llegando a Liria, ya se le veía cada vez más cansado, pero también más convencido de que le habían dado todo el esparto que él había pagado.
Por no hacerlo largo, después de haber pasado la noche al raso en Casinos y sin cenar por no gastar en una fonda, cuando llegó a la mañana siguiente a Chelva medio “baldao”, cansino y desmayado, tirando la garba de esparto al suelo les decía a sus vecinos:
¡Anda que no son tontos ni ná en Valencia!, les he pagao una arroba de esparto y me han dao lo menos tres.
A menos de 100 metros de “Los Cafetines” está el Hostal del Rincón, establecimiento venerable aunque ahora restaurado y modernizado, y que los tuejanos han conocido siempre como la Posa el Rincón.
Por aras muy conocido porque era habitual alguna persona se hospedara en el hostal el alcalde de Aras Bernandino Alba Sebastián solía tener una habitación reservada para su trabajo ya que como diputado solía estar bastantes días en valencia.
No era frecuente que hicieran uso de este hospedaje, ya que quien más quien menos, tenía familia en Valencia que le acogía por una noche o dos, período normal de estancia de quienes venían a la capital por cuestiones de médicos, papeleos y cosas así. Recuerdo Es posible que tu navegador no permita visualizar esta imagen.perfectamente, siendo pequeño, ver tirar colchones al suelo donde dormían parientes, amigos y vecinos que se habían tenido que quedar esa noche en Valencia, en cá’la Paquita. A mí me gustaban esos huéspedes inesperados, suponían una ruptura de la monotonía diaria, me podía acostar más tarde de lo habitual oyendo las noticias del pueblo y a menudo podíamos degustar alguna “delicatesen” serrana, como unas morcillas de la orza o unas tajadas de magra de la de antes, una “maría”, una morcilla de harina o unas “margaritas” (madalenas), artículos hoy casi despreciados pero entonces de un valor incalculable.
De todos modos, era lugar de obligada referencia para los serranos y donde se quedaban a dormir indefectiblemente cuando no había otro remedio.

El edificio que aparece en la foto, casi al final de la calle de la Carda, está restaurado recientemente, y la puerta de acceso a la cochera era antiguamente un portalón de piedra siempre abierto que daba acceso a un patio interior donde estaban las cuadras, ya que pernoctaban en esta “posa” tanto los humanos como las acémilas. En mi niñez conocí esas estancias, aunque ya no cobijaban caballerías, y un cartelón con las letras del mismo estilo que el actual lucía en el lugar que ahora ocupa la marquesina y el acondicionador de aire, pero que rezaba “Posada del Rincón”, mientras que las puertas pintadas cerraban una tienda de juguetes (había otra justo enfrente, en el lugar que demarcan los pedruscos y la jardinera) ante cuyos escaparates nos extasiábamos los chiquillos.
Hoy en día, si pasas por esta zona una tarde cualquiera, la ves semidesierta, tal vez con algunos turistas que visitan la Lonja o el Mercado Central. No digamos un domingo por la tarde, es difícil encontrar a alguien por allí. Algo de animación cobra la zona por la noche, pues por los aledaños hay tabernas y restaurantes que los viernes y sábados están bastante concurridos. En aquellos años, los ’50 y ’60, era un hervidero de actividad, habían comercios de todo tipo, mayoritariamente relacionados con las tareas agrícolas, de confección popular, ultramarinos donde tenían especias y material para la matanza (tripas, etc.), farmacia, sombrererías, tiendas de granos y legumbres, por supuesto bares,…
Son recuerdos de la forma de vida de nuestros padres y abuelos que seguramente muchos no conocerían y que me parece necesario preservar como un componente más de nuestra cultura particular.
Toni el Tejero.-






















