Blog de Araseventos

agosto 9, 2011

Aventar

Filed under: Arte y Cultura — arasdelosolmos @ 7:26 am

Las palabras son como partículas diminutas e invisibles que, aunque imperceptibles, tienen vida propia. Las usamos, las abandonamos, retozan, viajan, se alejan y vuelven. Y, en este ir y venir, a veces nos topamos con alguna de ellas cuando apenas la reconocemos.

En el pasado diciembre, al contemplar una rústica y sofisticada mesa, me encontré a su lado, con un trillo convertido en un viejo y carcomido tablero. Lo observé con tranquilidad, cariño, interés y cierta nostalgia; me “habló” de la familia que siempre estuvo a su lado cuando él era muy importante, de sus años de trabajo, de sus grandes hazañas y también de su pequeña historia. Desdibujado y corroído por la distancia, apenas percibí su sombra real: el campo, la siembra, la siega,  la era, la paja, el trigo, los sacos y el “atroje”…

Remuevo las páginas del diccionario y, junto a la palabra “trillo”, descubro todo un conjunto de vocablos que emparentados con él, me matizan su significado: trilla, trillar, trillador, trilladera, trilladura y también trillón (millón de billones), muy próximo por su sonoridad, pero cargado de ceros y, por lo mismo, alejado y distante en su contenido, sobre todo, de aquellos antepasados nuestros que lo manejaban como expertos en la eras con el tórrido y asfixiante sol de verano, que se metía en los “sesos, igual que el sonido rítmico e irritante de las “chicharras” escondidas y ocultas.

Lingüísticamente el trillo es un instrumento para trillar que proviene del latín “tribulum”: “un tablón trapecial provisto de trozos de pedernal o cuchillas de acero encajadas en su cara inferior y que se ata con un tirante a las caballerías para trillar la mies tendida en la era”. Una herramienta de trabajo y un objeto movedizo que focalizaba la atención de nuestros abuelos y bisabuelos durante el periodo estival.

Asociado al trillo aparece la “era”, un camino giratorio por el que, como carrusel de feria, los mulos daban vueltas infinitas sobre la mullida “parva” con la única función de remover y desgranar la mies. Y, en torno a todo esto, un sinfín de términos que delimitaban todo un conjunto de faenas e instrumental necesario: segar, acarrear, aventar, beldar (remover la paja con la horca), la bielga (el rastrillo); cribar el grano y envasarlo en el costal con la barchilla o el celemín, un vocabulario totalmente desconocido ya para muchos areños. Una página pasada, un trabajo duro y pesado para sus principales actores; palabras y más palabras que, como a la paja, el viento se las lleva, si saber cuándo, cómo ni por qué.

Hoy todo ha cambiado, todo ha desaparecido. Con el calor veraniego la actividad desapareció casi sin darnos cuenta de nuestro pueblo; el descanso, las vacaciones y la búsqueda de nuevas sensaciones marcan nuestras inquietudes. En aquel contexto rural, resultaban inimaginables tales pensamientos. Con la siega, la trilla, el trabajo del campo llegaba a su fin para grandes y pequeños; la “era” se convertía en el principal destino turístico. Ese espacio circular, presente por todos los rincones de nuestras Casas, pasaba a ser el epicentro de toda la actividad casas; un lugar de relación y trabajo en el que los sufridos segadores, agricultores o espigadoras, se concentraban para recoger su cosecha; una dura labor que a menudo se aderezaba con los cantares de trilla, pues como dice la copla, “…cantando, las penitas se divierten y el que canta trabajando, el trabajo no lo siente”.

Y sobre el trillo, haciendo crujir el látigo para animar el calor veraniego, el labrador entonaba: “¡Arre, mula! / Ya nos viene la galbana / por aquel cerro / venga o no venga, / yo ya la tengo. / ¡Mula!”

La era estaba, casi siempre, al pie de la corral y a su vez, se convertía en un espacio lúdico para los más pequeños en el que, acompañando a los mayores, nos divertíamos jugando con la paja, pisando la horca -a pesar de los riesgos que tenía: su golpe seco y certero -al mínimo descuido- en el cogote o espalda y las risotadas unánimes de todos los presentes te hacían sentirte ridículo al convertirte en otra “víctima” más del juego- y colaborábamos paseándonos en el trillo; en otras ocasiones, era un lugar de cita y encuentro para mozuelos y mozuelas románticos e inexpertos amantes. Y en todo momento, para todos aquellos que permanecían en la era al terminar la jornada, en un oasis nocturno de tranquilidad donde dormir, soñar y observar el cielo con su millones de estrellas, algunas atravesando todo el firmamento, descaradamente, ante el asombro y el éxtasis de los presentes o el espectacular amanecer del día siguiente, segundo a segundo, viendo salir el sol por el Morrón era un auténtico lujo.

Estas experiencias ya son historia del pasado pero el recuerdo, con mucho cariño, cuando tan sólo tenía, no más de nueve o diez años.

Aun recuerdo “la Cañada, Cerraó las noqueras, las covatillas, plena de mieses y de trillas; el molestísimo e insoportable polvo de las parvas que se colaba en los hogares y el cuerpo, por todos sitios; aquellas “gentes buenas” que nos sembraron sus vidas de futuro, hoy abuelos y bisabuelos nuestros, muchísimos ya desaparecidos y que cuando nos veían a los críos desde lejos con la sonrisa dibujada en la cara nos hacían señales con la mano para que subiéramos a sus trillos.

¡Qué tiempos! A veces miro a mí alrededor buscando -inútilmente- a aquellos hombres “viejos” y arrugados, con sus rostros teñidos por el cansancio y el sol de la canícula de agosto.

Pero ya ha pasado el tiempo y la vida sigue su curso. Surgen nuevas necesidades, la industria se impone y, con el progreso, se acelera el ritmo del cambio y se transforman los signos externos de nuestra cultura. Ya se nos esfumó el trillo, la era y sólo perviven como palabras añejas y extrañas que, como material de desecho, descansan en el baúl de los recuerdos de nuestro espacio urbano,   nuestro pueblo recuerda toda esta época con nostalgia.

Hay veces que me “lleno de rabia”, -y perdone el lector mi atrevida expresión- cuando pienso: ¿Tan difícil es reunir esas pocas herramientas y enseres que aún nos quedan de aquellas generaciones y exponerlas en un “MUSEO”, en nuestro pueblo, para así recuperar nuestra memoria histórica?

¿Quién les explicará a nuestros hijos, nietos y biznietos todo nuestro pasado? ¿O acaso eso ya no nos interesa? A veces pienso que soy un iluso cuando recuerdo todo esta auténtica utopía, luchando contra los “molinos de viento” y veo que mis palabras se las lleva el viento.

¡Cuántos aperos y herramientas ya no están con nosotros porque se han perdido fuera de nuestro pueblo, se han tirado o se están pudriendo en la oscuridad de algunas casas o corrales!

No basta con la “trilla”; se ha de aventar, cribar y aprovechar el viento para separar el grano de la paja… no todo es “trigo limpio” en nuestra vida.

El trillo perdió su valor de uso, pero, a pesar de todo, pervive como palabra y mantiene su frescura. Desde esta perspectiva, sigue formando parte de nuestro exuberante lenguaje figurativo a la hora de hacer referencia a todo aquello que realizamos de forma repetitiva y continúa. Día a día y de forma constante, “todo se trilla”: el trabajo, las costumbres, los sentimientos, relaciones sociales, la música, el teatro y las palabras. Se usan, pasan de moda. Y, “de tanto trillar y trillar”, llega la rutina, perdemos contenido, se deshacen y se las lleva el viento también. Pero, muy a menudo, como en la era, ese aire purificador que anima la vida se para, se pierden valores y no rematamos limpiamente la faena. Inmersos en la monotonía, distorsionamos la realidad y corremos el riesgo de quedar atrapados y maltrechos por el camino.

No seamos ilusos y olvidadizos; rechacemos el conformismo, la apatía y “mantengamos vivos los signos de nuestra cultura”. Y, al pensar en “el trillo”, ese viejo y carcomido tablero que sólo sirve como objeto decorativo, recordemos su función y su valor de símbolo. Las dificultades, como la mies, se han de recoger, remover y analizar; pero no basta con la “trilla”; se ha de estar atento a los vientos que soplan para aventar, cribar y separar el grano de la paja, pues como se suele decir vulgarmente, no todo es “trigo limpio” en nuestra vida.

 La Mula del Tío Blas “¡Arre, mula! / Ventanas a la calle / son peligrosas/ pa los padres que tienen / niñas hermosas. “¡Arre, Mula!”.

A nuestros antepasados, con todo mi cariño y gratitud, y sobre todo mi recuerdo, siempre.

“Trillar mojado, aventar sin aire y comer sin ganas las tres jeringas de la tía  Juana”

He visto a un gato segar

A un ratón coger espigas

A una gallina trillar

No lo creáis que es mentira.

                         F. Pérez. Araseventos

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