Blog de Araseventos

enero 11, 2012

AQUELLAS VIEJAS TIENDAS

Filed under: Arte y Cultura — arasdelosolmos @ 7:54 am

Recuerdos del pasado acuden a mi mente e instintivamente me traslado a otra época muy remota para niños y jóvenes, pero muy cercana para los que como yo ya hemos atravesado la barrera del sonido: dicho así, amortiguamos el sentido o significado de la palabra jubilados o viejos, aunque te sientas joven.
Las tiendas, aquellas viejas tiendas, tenían de todo. De todo, sí, de todo lo que por aquel entonces necesitábamos para poder sobrevivir en una época de escasez. La verdad es que tampoco añorábamos poseer muchas cosas porque, salvo lo estrictamente necesario, apenas existían artículos o bienes de consumo que podíamos desear porque ni siquiera los conocíamos.
Dame una cuarta de aceite decía aquella pobre mujer al tendero.
De entre las medidas de capacidad que el tendero guardaba celosamente dentro de su gaveta, extraía la de un cuarto de litro, la llenaba con un aceite espeso y viscoso procedente de un viejo bidón y se la entregaba a aquella mujer, que cuidadosamente introducía dentro de su vieja aceitera. ¿Algo más? Preguntaba el tendero mientras volvía a colocar cuidadosamente el cuarto de litro en su lugar de origen.
Sí, don Celestino. Necesitaba un litro de petróleo, pero me he olvidado de traer la botella del petróleo. ¿Podría usted prestarme una que yo se la devuelvo mañana?
Sí, mujer -contestó Paco-, pero la botella que yo tengo es de medio litro.
Bueno, con medio litro tengo para ahora -dijo la mujer-. Es que no tengo petróleo para el quinqué y la teda que me queda es para encender el fuego.
Por cierto- insistió el tendero-, le voy a pedir un favor. Usted dirá… ¿Ve usted ve a Manuel estos días? Se refiere usted a Manuel el del carbón… Sí, esta misma noche le tengo que ver.


Dígale de mi parte que me traiga dos sacos de carbón para esta semana pues se me está acabando el que tengo y no puedo dejar a mis clientes sin carbón.
Dichoso el que puede gastarse el dinero en comprar carbón, porque yo para eso no tengo -dijo con cierto aire de tristeza la mujer. ¿Y cómo se las arregla entonces? – preguntó Paco.
Así me ve usted buscando leña seca por las orillas de esos barrancos -contestó la mujer al mismo tiempo que daba un suspiro de dolor y abandonaba la tienda.
Buenas tardes, Paco -dijeron casi a la vez Pedro y José que, como siempre, acababan de dejar su pesada carga constituida por un haz (fleje) de hierba junto a la puerta.
Buenas -contestó Paco, y sin que nadie le dijera algo se dirigió al lugar en el que tenía bien colocados los vasos del vino.
¿Lo de siempre? -preguntó, en voz baja, a los dos hombres.
Sí, lo de siempre contestaron.
Espere, veo que tiene sardinas saladas en esa bota, dijo uno de ellos mientras curioseaba el interior de la bota.
Sí, las acabo de recibir. Son de valencia, me las mandó el rabitas. Pues eche un par de ellas pan darle sabor a este morapio.
El vino es bueno, lo acabo de traer del Villar. Me lo vendió la cooperativa, que como saben tiene buena bodega y mejor vino.
Pues si es del villar llene usted bien los vasos con cuidado, pan que no se derrame ni una gota.
Hola, Isaías dijo Paco al niño que acababa de entrar en la venta-. ¿Está tu madre mejor?
Yo creo que sí respondió el niño sin saber lo que decía porque tenía la vista fija el jarrón, y no porque éste fuese bonito o feo, sino porque en su interior había caramelos, peladillas, puromuro, piruletas y otras golosinas-.
¿Tú querías algo, Tomasito? -preguntó Paco al niño.
Isaías se desprendió del saco que traía puesto a modo de cucurucho para protegerse de la lluvia, y sacando dos hojas de col de una bolsa de tela dijo:
¡Ah! sí. Me dijo madre que me diera una cuarta de manteca y otra de tocino, y que se la envolviera en esta hoja de col para que no se me derrita por el camino.
Tenía la tienda de Paco un reservado en trastienda que servía de bodega.
Farmacia, zapatería, perfumería, librería… estaban ubicadas casi dentro del mismo espacio. De tal manera que cuando querías una pastillas de aspirina, okal, alcohol o esparadrapo, Paco las encontraba después de mover de aquí para allá las botellas de vino, la brillantina, las alpargatas de esparto, albarcas y un sinfín de cosas.
Para el petróleo, el carbón y la teda se disponía de un pequeño cuarto a medio encalar y de color más bien tirando a negro con un insoportable olor a humedad.
La mayoría de los vecinos de aquel entorno poseían un cerdo que, llegado el mes de diciembre, pasaba a llenar el espacio vacío de la cambra que había dejado el anterior cerdo. Sin embargo, no todos tenían el lujo de disponer de tal reserva para el invierno. Sabedor de ello Paco disponía en su venta de una gran cambra que contenía en su interior al menos dos cerdos en salmuera y, como añadidos, colgaban desde el techo unas ristras de chorizos impregnadas con el humo de tabaco que se desprendía de los empedernidos fumadores.
Un olor, mezcla de tabaco en rama, pescados salados, plátanos maduros, oloroso vino, café en grano, mezclado con el humo de las velas o del quinqué, perfumaban el ambiente dando a la tienda una inconfundible personalidad.
No querría yo terminar este relato sin antes aclarar que, sin bien digo la verdad sobre aquellas viejas tiendas, sin embargo el tendero que yo llamo Paco es producto de mi imaginación, representativo de los tenderos o tenderas de la época con aire de buenas personas todos ellos y figura de comer mucho y caminar poco.
Había muchas tiendas, que no eran las destinadas al racionamiento. En ellas solo se vendía, a veces, productos cosechados por el mismo tendero, vino en cantidad, aguardiente, tramusos cacao, tabaco y poco más.
Hoy, gracias a Dios los tiempos han cambiado, las tiendas casi han desparecido, los supermercados y las grandes superficies ofrecen a sus clientes aquellas cosas que en otros tiempos ni siquiera existían.
Pero esto solo lo sabemos valorar los que, como yo, ya hemos pasado la barrera del sonido.

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