Blog de Araseventos

julio 2, 2012

LOS JUBILADOS SON MAYORES, PERO SABIOS.

Filed under: Arte y Cultura — arasdelosolmos @ 9:42 am

Nuestra vida no transcurre en un vacío, sino en un tiempo y en un espacio que son, queramos o no, limite y posibilidad de nuestra propia existencia como personas. Tradiciones, costumbres, creencias y todas esas pequeñas cosas que vamos acumulando nos llevan a pensar que somos lo que somos gracias a nuestro pasado, a nuestros ancestros, a nuestra lengua y a nuestra cultura.

Desde esta perspectiva, podemos afirmar, que la cultura, siempre es algo vivo, que nos llega por tradición externa y nos liga al pasado, aunque algunas veces creamos que hemos perdido nuestras raíces. Un lugar común compartido por todos en el que, día tras día, a partir de repetidas experiencias, hemos ido satisfaciendo nuestras propias necesidades, aprendiendo a relacionarnos, a convivir y llenando nuestro propio saco cultural o “baúl de los recuerdos”.

Hoy, al escribir estas palabras, he querido remover este tupido “costal” para rescatar del olvido otro de los objetos más significativos de nuestra cultura Areña y con un lugar especial en mis vivencias personales desde que era niño, como os sucederá a más de uno de vosotros: el arado, aunque hace mucho tiempo que parado quedó en el espacio de nuestras ocupaciones, su imagen aunque lejana, permanece viva y dispuesta a ser desvelada siempre, si hay suerte, a nuestras nuevas generaciones.

No hace mucho se publicó el nuevo diccionario de la Lengua española en el que se incorporaban nuevos términos. Es un signo positivo en el que se manifiesta la vitalidad de nuestro idioma y su capacidad de acomodación al progreso y al cambio. Unas palabras que nacen y otras que pasan al estado de coma, aunque no por eso debamos abandonarlas.

Arado, vertedera, rejas, yuntas, orejeras, gañanes y labradores son, entre otras, un ejemplo de esta evidente realidad; objetos, profesiones y aperos de labranza que durante muchos años estuvieron presentes en nuestras vidas y en nuestro hogar como parte de nuestra propia familia, ya han perdido su razón de ser, su valor de uso. Son palabras y realidades que, corroídas por la herrumbre del pasado, desgraciadamente, yacen en el silencio del tiempo y, como el humo, se han disipado de nuestra memoria y de nuestro entorno físico.

Alguna vez me he preguntado, ¿para qué perder energías con su recuerdo, si ya carecen de contenido? El silencio y el olvido es su destino. Una ley de vida; una norma del progreso que yo no me resigno a compartir. Me resisto y hoy mucho más. “Que los jubilados somos mayores, pero sabios. “

Por todo esto, me permito el capricho de reivindicar su presencia y, de paso, hacer un homenaje a todas aquellas personas -abuelos y bisabuelos nuestros- que junto al arado, echaron sus primeros dientes, crecieron despedazando terrones y curtieron sus cuerpos y vidas con la labor de la tierra. A esos insignes y maltrechos “labradores”, víctimas del progreso y mal llamados, “desertores del arado”, les dedico este sincero recuerdo y honro su ausencia con mis palabras.

 “Con mi arado hago los surcos

con mi arado escribo yo

páginas sobre la tierra

de miseria y de dolor”,

 Nos dice la letra de una jota que en cierta ocasión escuché sobre la reforma agraria. ¡Cuánta nostalgia y realidad encierran estas palabras! . Durante largos y densos años, el arado -instrumento o máquina para arar- ocupó un lugar de privilegio en la vida de los labradores Areños  y con él se han escrito largas y densas páginas de nuestra cultura e historia de amor y desamor entre el hombre y la tierra. Desde los inicios de la agricultura el labrador se vio en la necesidad de preparar y remover la tierra para arrancarle su preciado fruto.

 Surgen después las primeras herramientas que, manejadas hábilmente con sus “manos”, escavarán y mullirán el terreno. De la piedra al hierro y de éste al acero: la azada, el azadón, y por simpática evolución aparece, como hermano mayor, el arado, con el que se aliviaba la dureza del trabajo y se facilitaban las tareas del campo incorporando la fuerza animal.

 La mitología griega nos habla de su origen como un hecho fortuito y generoso de los dioses del Olimpo que queriendo ayudar a los humanos en el cultivo del campo, lo fertilizó y, de la unión de la Diosa de meter con el agricultor Lasionte, nació Filomeleo, inventor del arado.

 Símbolo de la fertilidad y de la unión del hombre con la tierra, el arado es conocido desde la más remota antigüedad en las civilizaciones mesopotámicas y antiguo Egipto. Dentro de nuestra cultura europea también tuvo una especial importancia que venía dada por su misma utilidad en el cultivo de la tierra. En este sentido, desde fines de la Edad Antigua, el uso de dos tipos de arado marcaba la división de Europa, en dos áreas de influencia bien delimitadas: la del llamado arado romano (aratrum), adaptado a las características de la agricultura mediterránea y a los suelos de escasa profundidad de la Europa meridional; la del arado de ruedas (carruca, en francés charrue), utilizado en las zonas no romanizadas del centro de Europa y extendido durante la Edad Media al norte de Francia e Inglaterra que permitía labores más profundas y era adecuado para roturación de tierras y para el cultivo de regiones de clima húmedo y suelos más profundos. Con el tiempo los avances tecnológicos aportan soluciones a viejas necesidades; el primitivo “arado de palo” se perfecciona y surgen nuevas variantes. Hacia final de la Edad Media, es utilizada la vertedera -una cuchilla y dos manceras-, que permitía voltear la tierra además de abrirla; más tarde, la giratoria que incorpora dos rejas que posibilitan una mayor adaptación a las condiciones del terreno y a las diferentes tareas del campo y, posteriormente, van apareciendo otras variantes hasta culminar, con la llegada de la industria, en el proceso de mecanización del campo en el que la actividad agrícola se aproxima o más bien se anexiona e hipoteca a la urbana.

 Con las lluvias del otoño, y la proximidad del invierno, la naturaleza se renueva, mientras la ciudad mantiene de forma imperturbable el pulso frenético de su actividad. En el campo la vida renace; se inicia de nuevo el ciclo y con él, las primeras labores. Lejos de la ciudad, los labradores Areños repasan sus rejas y se dispone a levantar y remover la tierra: barbechar, binar, terciar… De la mano de la mancera -esteva- acompaña a su arado y prepara el terreno que de forma acogedora recibirá y fertilizará la semilla. De sol a sol, y con la luz del lucero, culmina su labor campestre. Y, como Manuel Andrés, Francisco Montesinos, Ramón “El Aguacil”, Antonio “El Trinidad” a la vera de nuestro patrón “San Isidro labrador”… y tantos otros curtidos labradores, aparceros, jornaleros y labriegos que mantuvieron con orgullo la noble tarea de labrar la tierra. Para todos, éste fue, sin lugar a dudas, su primer lapicero y su primer diccionario. Cultivando la tierra adquirieron sus primeras nociones de geometría; rotulando surcos y besanas, aprendieron los números y la aritmética; con el sudor de su frente la fertilizaron y asimilaron sus primeras palabras de miseria, hambre y dolor. Días, meses y años de intensas labores en íntima complicidad con la naturaleza. Duras y densas jornadas de larga andadura; pegados a la mancera y sin volver la cara a un apacible descanso; y como silencioso testigo de todo su esfuerzo, el arado, junto al que surgió su temprana conciencia social:

 “Esa tierra que no es mía

esa tierra que es del amo

la riego con mi sudor

la trabajo con mis manos”.

 

 Removida con la reja y adobada con el sudor, la tierra generosa dio su fruto, aunque de forma poco productiva e inadaptada a las exigencias del comercio y del consumo. El arado evolucionó; se renovó, pero no las condiciones en que éste se utilizaba, el contexto de trabajo y la distribución de las tierras. Fracasa la “Parcelación Agraria”, la industria se desarrolla, la agricultura se abandona y el campo, insostenible e insoportable, se desmorona sojuzgado por el progreso y la ciudad. Campo y ciudad, dos espacios y dos realidades muy relacionados, aunque distantes y, en cierto modo, antagónicos en muchas ocasiones.

 El tiempo pasó y después de una ardua y dura jornada de lucha por sobrevivir y mantener en alto este casi olvidado oficio, el labrador Areño tuvo que dejar su arado, girar su mirada y desviar el surco de su mancera en busca de nuevos horizontes. Una arriesgada aventura: olvidar la paz de la tierra; dejar el campo, el trillo y la vertedera a cambio de una incierta promesa: el bienestar de los suyos, una lejana ilusión y una novedosa empresa.

 Hoy, en los albores de este nuevo siglo, el arado y todo el simbolismo que encierra, queda reducido a un simple objeto del pasado, una reliquia o un sueño difuso. Se alisan los montes, se arrasan los bosques, y el campo convertido en un erial infértil y baldío, queda como un subproducto más de especulación y consumo. La cultura del microchip, la informática y la publicidad absorben nuestras neuronas y nos adentran en un mundo mágico, alejado de nuestra realidad cotidiana y desligada de la tierra. Con el progreso hemos vuelto la espalda a la naturaleza y perdido la visión del ciclo completo de la vida. Y, como buenos consumidores, sólo percibimos el producto final del proceso -el pan, la carne, la verdura, la fruta…-, sin cuestionarnos de dónde proceden y cómo han podido llegar hasta nosotros.

 Nuestros hijos, nietos y bisnietos desconocen el arado, la siembra, el cultivo y, a lo sumo, como en el “Mito de la Caverna” de Platón, perciben su sombra y la imagen difusa de la vida de unos seres inexistentes que recibían el nombre de agricultores.

 

No seamos olvidadizos. Detengamos la carrera de nuestra modernidad y hagamos un acto de reflexión en torno al arado y la fertilidad de la tierra. Volvamos nuestra mirada hacia ella y aprendamos de nuestro pasado Areño. Todo está unido y todo procede de la tierra. Si se rompe un eslabón de esta cadena, se rompe el hilo del que, nosotros mismos -queramos o no- formamos parte.

 El arado, ese gran desconocido. He querido, hoy, con todas mis fuerzas, que fuese nuestro protagonista. Como poeta remueve y mima la tierra, como labrador reescribe su historia de amor y desamor con el hombre. Los árboles nos impiden ver el bosque y no nos percatamos de que lo importante, la esencia de la vida está en lo más humilde y sencillo que, como el agua y el viento, suele pasar desapercibido. Se suele decir que, junto a un gran hombre, hay siempre una excelente mujer; y con el arado, la tierra y el sudor de un labrador sucede lo mismo.

 Con estas palabras me dispongo a defender su figura y, con ella, rescatar del oscuro pozo del olvido al arado y a ese antiguo y noble oficio perdido del “labrador”.

 Cultura viene de cultivo, sentido positivo; acción de cuidar todo aquello que forma parte de nuestro entorno y de nuestra historia; respetar y mantener vivos todos aquéllos conocimientos y valores que recibimos de nuestros mayores, que nos caracterizan como pueblo y que configuran nuestra propia identidad: Aras de los Olmos.

Y para finalizar, sólo me queda lanzar de nuevo el mismo grito al cielo repitiendo dos de aquellas estrofas de mi anterior artículo, “El trillo, la trilla, la era y el museo” por si alguien, esta vez me oye mejor:

 “Hay veces que me “lleno de rabia”, -y perdone el lector mi atrevida expresión- cuando pienso: ¿Tan difícil es reunir esas pocas herramientas y enseres que aún nos quedan de aquellas generaciones y exponerlas en un “MUSEO” en nuestro pueblo, para así recuperar nuestra memoria histórica?

 ¿Quién les explicará a nuestros hijos, nietos y biznietos todo nuestro pasado? ¿O acaso eso ya no nos interesa? A veces pienso que soy un iluso cuando recuerdo toda esta auténtica utopía, luchando contra  “Contra todos” y veo que mis palabras se las lleva el viento”. Pero no olvidemos “Los jubilados son mayores, pero sabios“.

                    Fernando Pérez. Araseventos.

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