Blog de Araseventos

julio 27, 2012

Costumbres Perdidas de Antaño

Filed under: Arte y Cultura — arasdelosolmos @ 6:48 am

    En los pueblos de los Serranos Aras de Alpuente. Era costumbre encalar las casas (“Faldegar” o blanquear, se dice) para proteger las paredes de tapial o adobe, tradición que se conserva, como en muchas partes de la Serranía, desde los tiempos de la dominación árabe. Antaño esto respondía a una necesidad de saneamiento, ya que la cal preservaba a las casas de contagios y enfermedades. Además ayudaba y ayuda a combatir los calores del verano.

 Desgraciadamente esto se va perdiendo en las casas de nueva construcción, y en las viejas las gentes prefieren poner un revoco con materiales más duraderos. Sí existen zonas especialmente conservadas, Muy propio de Aras, hasta el punto de casi ser seña de identidad y hoy en clara regresión, es el mezclar cal con polvos azules para pintar, sobre todo en las fachadas de las casas, una cenefa de un metro mas o menos a partir del suelo, de una belleza inigualable por el contraste del blanco y el azul. Hoy desaparecido.

También muy típico era para el fuego bajo o fogón de las cocinas era emplear la cal mezclada con unos polvos ocres, lo que algunos llamaban “sombra de viejo”.

Los hornos de cal eran como pequeñas y modestas fábricas en las que, con fuego, se convertía la piedra caliza en cal. Consistían en una excavación parecida a un pozo, cerca de la cantera de la piedra, tapiada hasta poco más arriba de la superficie del terreno. En el hueco se ponía leña, y con grandes piedras se componía una bóveda partiendo de la base interna del horno. Después se cerraba en falsa cúpula por aproximación de hileras y se dejaban agujeros para que pudieran pasar las llamas. Sobre esta bóveda, el resto del horno se llenaba de piedra viva y se cubría con cal muerta o tierra. Sólo quedaba prender la leña e ir añadiendo más durante unos días. Una vez cocida la piedra, se tapaba perfectamente con carrizo y ramas para evitar que se mojara, ya que esto la estropearía.

“¡Cal, cal blanca! ¡Cal para encalar!”, pregonaban los caleros con sus burros y mulos cargados, vendiendo su producto por las calles de los pueblos. “¡Cal en terrón!”, ofrecía en Aras de Alpuente.

Este producto, la cal viva, tenía que apagarse poniéndola en alguna tinaja bien cubierta de agua, que hervía a borbotones hasta que las piedras se cuarteaban y quedaban pastosas.

Se tenía todo preparado para cuando llegara el blanqueador, que con sus grandes escaleras (entonces de madera) enjalbegaba con escobas especiales de lastón (de pequeñas dimensiones, muy apretadas y cortadas en bisel) paredes, aleros y hastiales. Antes se añadía de nuevo agua y se removía con un palo la cal, y con un cazo viejo se echaba en cubos de zinc. Las mujeres de la casa, con gente más que se contrataba, trabajaba esos días sin parar, pues ayudaban a blanquear por las partes más bajas, hacían los remates y con limpiar todo lo que ensuciaba el blanqueador ya tenían bastante.

Era un orgullo y es aún para mucha gente mantener las casas de un blanco cegador, y no pasa año que no se proceda al encalado, sobre todo para que luzca para los días de las fiestas.

En Aras había varios blanqueadores. El más conocido y pintoresco era El Catalán, del que se contaban varias graciosas historias, como aquella en la que quiso imitar a Ícaro y volar con dos gavillas de sarmientos atadas a los brazos y tirándose de una cina. Luego, toda su familia.

Muy conocidos, también, la gran saga de los Catalanes. De ellos, el que iba a mi casa era José Paco, muy parlanchín y dicharachero. Siguieron con el oficio  Antonio y segunda  generaciones: Toni, Miguel,  y algunos como Julián. Y todos compaginando en la tarea de blanqueadores con la de pintores.

Especialista en pintura era Antonio Tomas Padre. ¡Un verdadero genio! Sólo pedía libertad en su vena artística, y aquí te pintaba una guirnalda, allá una cenefa, unos pajaritos decorando el techo, los plafones…

Era este Antonio de figura muy esbelta, no en vano en Carnavales se vistió varios años  a quien imitaba  lo hacia perfección incluso en los andares. Y una vez, en una casa, cuando estaba pintando subido a una escalera, mi hermano, que tendría entonces unos cinco o seis años, en su inocencia, al ver su escuálida hechura, preguntó: “¿Qué hace ahí ese tiote?”. ¡Nos partíamos muchas veces de risa al recordarlo! Creo que hizo sus pinitos con los pinceles y expuso algo, pero los verdaderos artistas de la familia: sus hijos, Antonio y Miguel Tomas Sierra, firma de reconocida  fama en la Banca. Antonio padre sus óleos, acuarelas y dibujos los plasmado como nadie lo hizo en las iglesias hoy lo hace en el cielo, lugar ganado, Dios lo tenga  en el sitio que se gano.

Fernando Pérez. Araseventos

1 comentario »

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